La de la mochila azul
—Corre—le grita— ¡van a cerrar!
Ella ya está allí. La mira sofocado.
—¿Es la que te gusta?
—Sí, la de la mochila azul.
Su hermano le pisa y le da un empujón. Sin poderlo evitar le roza torpemente los labios.
COMO
ESTRELLAS FUGACES
Poesías encadenadas,
“ como trenes que te llevan a mil destinos”.
COMO ESTRELLAS FUGACES
A LA
HORA TEMPRANA DEL CAFÉ
LA
VIDA VIAJA EN UN TRANVÍA
EL
ÉXTASIS DEL VIAJERO
VAGABAS ENTRE LA
NEBLINA
SENTADA
EN EL TREN DEL DESTINO
SENTISTE
QUE EL DÍA TOMABA RELEVO A LA NOCHE
EL CAMINO ES LO QUE IMPORTA
EL CAMINO ES LO QUE IMPORTA
El camino es lo que
importa
después de haberlo
andado,
después de haber
vivido cada senda
y recorrido campos y
veredas.
Después de haber
soñado
ciudades en los
cielos,
de recorrer en
trenes distancias
infinitas.
Después de haber
querido ser parte
del paisaje, ser
polvo en el camino,
pájaro, flor, y
piedra.
Porque al viajar
cambiamos.
Porque siempre
mutamos
en estaciones de
espera.
Así, después de
haber sentido
de mil y una manera,
de haber
sido viaje, tiempo,
soledad, espera.
Regresarás de nuevo
a la Ciudad Eterna,
la que aguarda
subida sobre siete colina.
****
Carmen Hinojal
SENTISTE QUE EL DÍA
TOMABA RELEVO A LA NOCHE.
Sentiste que el día
tomaba relevo a la noche.
Cuando abriste los
ojos,
las luces cambiantes
del alba corrían sobre la estación.
Campos conocidos,
paisajes brotando
como flores nuevas.
Miraste a través del
cristal los recodos
de ríos y frondas.
La luz de emergencia
te forjó el perfil.
Al tren lo engullía
el centro de un túnel,
se perdió un
instante en otra realidad.
Te sentiste pequeña,
alejada de lo
conocido, inmersa
en su vientre, en la
oscuridad.
Pero el sol regresó
de repente
deslumbró tus ojos,
y te trajo
con él, el regalo de
un destino nuevo.
Una sencilla
estación de provincias.
Decidiste bajar,
allí mismo,
pernoctar en ella.
Quedarte despierta,
ver amanecer.
Y pensaste,
“pospondré por un
tiempo el regreso”,
quiero comprender,
por qué el camino es
lo que importa.
Carmen Hinojal
SENTADA EN EL TREN
DEL DESTINO
Sentada en el tren
del destino
dejabas el tiempo
pasar.
Observando tras la
ventanilla, la gente con prisa,
maletas en mano.
El pitido del
silbato, alejó de golpe
la ensoñación, y
dejó que volviera a moverse
la vida ante tus
ojos.
Así se movía
lentamente la estación.
Luego, tomó
velocidad el paisaje,
las calles se
tornaron veredas,
las veredas caminos,
Los caminos fueron
campos reverdecidos.
Sobre los campos se
colgó la luna
que trajo cien
fuegos brillantes.
Y vino la noche para
tapar la soledad.
Entonces dejaste de
mirar la luna en el cielo,
echaste la cortina y
te dejaste acunar.
Parecía que el
vaivén del tiempo
se forjara en las
vías,
que venía el sueño,
necesitabas soñar.
Y lo hiciste con
estrella fugaces que colmaban
los cielos.
Soñaste que las
voces del viento y del río
quedaban atrás.
Y viste, en la
claridad de aquel sueño,
como al final de las
vías se perdía, Lisboa.
Soñaste, viajera
también en los sueños,
con trenes de fuego
y ciudades colgantes
al borde del mar.
Soñaste todo un
viaje.
Una noche entera.
Hasta que...
Sentiste que el día
tomaba relevo a la noche.
Vagabas entre la
neblina,
y encontraste que el
sol te rozaba
los pies.
Pisaste el suelo,
abriste la ventana
y aspiraste el aroma
de la ciudad.
El sol es el faro
que
devuelve el sosiego
ante el miedo.
La calma de lo
cotidiano,
el devenir de lo que
es real.
Entonces te fuiste
vistiendo despacio.
Y con esperanza
venciste la inseguridad.
Recordaste que
tenías billete abierto,
y un tren de a
diario, aguardando en la vieja estación.
Pensaste que el
camino
puede ser desandado
y que amores difíciles
acaban atrás.
Que la vida golpea,
pero no noquea.
Y que bien podrías
volver a empezar.
De estas vivencias
regresarás nueva,
la maleta en mano,
llena a rebosar.
Y los tuyos, que
siempre te esperan,
te verán llegar
sentada en el tren del destino.
EL ÉXTASIS DEL
VIAJERO
Echada de espaldas a
la luna,
inmersa en la
plenitud de un sueño inquieto,
duermes vagando, por
un andén de luz,
donde transitan
trenes, que parten y
que llegan, en
bandadas, a la ciudad gigantesca.
Avanzas,
insegura y asustada
de perderte,
en los largos y
retorcidos laberintos,
donde nadie puede
guiarte.
Oscuros animales,
que parecen perros,
ladran con fauces
hambrientas a la luna,
y, ésta, enrojecida,
palidece desangrada,
derramando su luz en
cien ventanas.
Entonces, la ciudad
torcida, se ilumina.
Las sombras ya no
aguardan escondidas
y se pierden,
presurosas, tras tus pasos.
Sueñas que llegas a
la Gran Estación,
la del emblema de la
luna en cuatro fases.
El cielo se
descorre.
La ciudad pétrea se
ilumina de amarillo cobre
y la vida surge,
nacida de esa luz.
El faro de la luna
se vuelve cárdeno.
Sobre el hierro
candente de la vía
cruza rauda la saeta
blanca.
Estás cabalgando en
un tren luminoso,
un tren que
circundará la estela de la luna.
Que horadará el
último sendero, atravesando
el túnel que separa
el sueño de lo eterno
del sueño de la
vida.
Y llegarás a pisar otras ciudades prohibidas.
Suspendidas en el
éter
que sólo fabrican
los sueños.
Entonces abrirás los
ojos,
recordando que
vagabas entre la neblina.